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La magia de las mamás
07 de diciembre de 2009
Los cazadores de magia
Está claro que vamos a hablar de las magas, de quienes todavía tienen o quienes están en proceso de recuperar la magia femenina, ese poder que la naturaleza nos ha regalado a las mujeres como parte fundamental en la perpetuación de Habrá quien piense que esta loca feminista (por Dios, ¡odio los ‘ismos’!) ponga en contraposición a las magas a todos los hombres del planeta. Y otra vez es NO. Es más: me atrevería a decir que también hay magos, o al menos guardianes, ángeles hombres que apoyan, ayudan a las mujeres a recuperar su magia o a mantenerla. Hace poco he leído la historia de un parto hospitalario horrible, y no quiero decir con esto que todos los partos hospitalarios lo sean, en que la mamá parecía tristemente conforme con lo que había ocurrido porque tenía la sensación de peligro metido en el cuerpo: creía firmemente que los médicos habían salvado su vida y la de su hijo; fue su marido quien le abrió los ojos: “nos han tratado fatal. Estás llorando, al niño le han dado un biberón sin nuestro consentimiento, no te dejan cogerlo…” No. No son los hombres, en general, los cazadores de magia. En realidad, no sé muy bien quiénes son los cazadores de magia. Creo que a veces es sólo una persona, a veces un grupo y a veces la sociedad entera, el sistema en el que ahora mismo nos vemos inmersos, ese mismo sistema empeñado en que las mujeres seguimos sin ser capaces de hacer lo que nuestra biología dicta sin la ayuda de otro.
Desde hace tiempo frecuento el foro de una asociación en Internet. Se trata de
Una de esas mujeres que contaba su parto hospitalario, en un lugar donde había enviado un plan de parto normal en el que especificaba que no quería intervenciones innecesarias y que deseaba que todo transcurriese con la mayor normalidad posible, dejando a su cuerpo los tiempos y formas que necesitase. Avisaron a la familia de que la cosa ya había empezado, pero que preferían que no fuesen al hospital, porque querían intimidad y tranquilidad. Pero la familia de ella (su madre y hermanas, todo mujeres) decidieron que querían estar con ella, y allí aparecieron: el parto se paró. Ella pidió hablar con el obstetra para pedirle oxitocina a chorro y acelerar aquello porque ya no podía más, y Él (sí, con mayúsculas, Él, un hombre) se negó a administrarle medicación innecesaria y le dijo que lo que necesitaba era hacer entender a su familia que no debían estar allí. Les echaron y el parto se reanudó casi inmediatamente, porque lo que necesitaba era intimidad, esa intimidad que buscan todas las hembras que paren, que huyen hasta de la luna en las noches que se ponen de parto (¿cómo no van a huir del resto de la manada?). Parió felizmente, y lo hizo gracias a que un hombre, un ángel protector de la magia, su obstetra, le recordó que las mamíferas paren solas, y ¿Quiénes eran los cazadores de magia? ¿Quiénes interfirieron en el cuerpo, en la magia de una mujer que está pariendo? En esta ocasión no fueron los hombres: ellos protegieron la magia; en esta historia fue el entorno más inmediato de la madre, que no supo ver, que no quiso entender, la magia de una mamá pariendo. Otra mujer lloraba pensando que había accedido a una segunda cesárea, ésta programada, a manos del mismo obstetra que le había hecho la primera. Sabía que era innecesaria, injustificada, pero cedió a la presión de toda su familia, de la persona que le había recomendado hacía años a aquel médico en quien no confiaba, y a la de su marido. Todos tenían miedo de que algo saliese mal, de que no fuera capaz de parir; ninguno confiaba en su magia, y ella cedió. ¿Quiénes cazaron su magia? No fueron sólo hombres: fue todo su entorno. Cuando últimamente nuestros gobernantes nos dicen que están haciendo esfuerzos sobrehumanos para “conciliar” la vida laboral y familiar, y que en lugar de ampliar el permiso de maternidad para que nuestros hijos (los hijos de la sociedad entera, de la tribu) estén mejor atendidos, durante más tiempo, amplían el derecho de los papás a estar en casa. Y no lo veo mal. Las mujeres necesitamos a nuestros compañeros en las primeras semanas; los necesitamos para mucho más de lo que ellos se piensan, y eso es tema de otro capítulo.
Pero creer que ampliar el derecho de paternidad es lo mismo que ampliar el de maternidad, es poner mucho en duda la necesidad de un bebé de la magia de su madre. Porque por muy igua Por eso situaciones como las de la ministra que estuvo las 6 semanas preceptivas y luego cedió el testigo a su marido, (fíjate, que moderna, así enseñan a los hombres que hay que colaborar, responsabilizarse al 50 por ciento en las tareas de la casa, incluida la crianza) me parecen de lo más “cazadoras de magia”. Peor aún la de la ministra francesa que, 5 días después de su cesárea ya estaba sobre sus tacones trabajando (una actitud que hizo que muchos empresarios franceses planteasen la reducción del permiso de maternidad, porque “poderse, se puede, está demostrado; ¿para qué quieren las mujeres 4 meses, si ya vemos que no es necesario más que unos días? Y si son 5 para una cesárea, la que dé a luz de manera normal, a trabajar a los dos días”). Ellas, mujeres que además se vanaglorian de ser feministas, de luchar por nuestros derechos (¿qué derechos?), han acabado con parte de la magia. Han dicho a la sociedad entera que las mujeres podemos abandonar a nuestros hijos con sus padres, que no somos necesarias, que nuestra magia no existe y que si existe tampoco es importante y se puede vivir sin ella. ¿Quiénes son los cazadores de magia aquí? La sociedad entera que acepta esos comportamientos, que aplaude esas medidas. Los gobiernos que nos representan… Así no es raro que las propias mujeres se lo planteen. ¿Somos realmente necesarias para nuestros hijos? Teniendo biberones cualquiera puede alimentarlos, y la guardería de ahí abajo tiene personal capacitado para cuidar de él casi mejor que yo. Y ya me dijeron en la maternidad que era malo que yo le cogiera, que estaría mejor en la cuna solo, que sería más feliz sin mí. Y cuando la cuñada, la hermana, la amiga de esa mujer que ya sabe que no es necesaria, que tiene claro que su hijo está mejor sin ella, se empeñe en tomar a su bebé en brazos, en renunciar a su vida laboral, en amamantarlo a demanda, desplegará todos sus argumentos para convencer a la otra de las tonterías que piensa; y más le vale, porque si se le ocurre escuchar a su cuñada, hermana o amiga, con los oídos bien abiertos, es posible que empiece a darse cabezazos y ya no pare. Y esto es algo que digo por experiencia: cuando algo te cambia la neurona, cuando algo te remueve y te hace comprender lo que has hecho con tu hijo; cuando por fin las escamas caen de los ojos y dejas de estar ciega, te puedes pasar días y noches llorando por tu propia estupidez, por haberte dejado convencer; porque te das cuenta de que el más perjudicado ha sido tu hijo. Y así todas nos convertimos, con el paso del tiempo, en cazadoras de nuestra propia magia. Perdemos nuestro norte y no nos encontramos porque nos alejamos demasiado del camino. Vivimos en Matrix y de ahí es muy difícil salir.
Tenemos que volver a nuestra habitación, solas con nuestros hijos, con otras mujeres, con nuestra magia. Esa habitación que reclamaba
Nos encontra Sin esa habitación en la que reine lo femenino, la magia, lo visceral. Sin ese lugar que sea sólo nuestro, los árboles seguirán sin dejar que veamos el bosque; seguiremos perdidas, y nuestros hijos se irán alejando cada vez más de nosotras; se criarán con una llave en una mano y el stick de una consola en la otra. Y cuando lleguen a la adolescencia serán unos extraños para nosotras. Y se convertirán en cazadores de magia, si es que aún queda magia que cazar. Porque el hecho de que la magia desaparezca no es sólo malo para nosotras. No se trata sólo de que olvidemos lo que somos, nuestro poder y nuestra capacidad femenina de crear. Se trata de que los hijos se pierden, se vuelven tiranos, sordos a nuestros consejos porque no nos conocen, porque cualquiera pudo alimentarlos, porque les calentó una cuna térmica y les consoló un chupete. Porque les educó otro, porque no nos han visto, porque sólo saben que si lloran no les cogemos, si sufren no les consolamos. La pérdida de la magia es la pérdida de la sociedad entera, y sus cazadores perpetúan un modelo que premia sólo el consumo como modo de consuelo, el éxito como forma de aceptación. Pero nuestro momento está llegando. Cada vez hay más mujeres empeñadas en recuperar la magia de las mamás. Las llaman locas, fanáticas, irresponsables, visionarias… Pero cada vez son más, y la magia volverá. O eso espero.
*(Si queréis ver cómo va quedando, con las correcciones que voy introduciendo gracias a vuestras ideas, está en la página de La Teta, en la sección de "Criar con apego")
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