Está claro que vamos a hablar de las magas, de quienes todavía tienen o quienes están en proceso de recuperar la magia femenina, ese poder que la naturaleza nos ha regalado a las mujeres como parte fundamental en la perpetuación de esta especie nuestra a la que llamamos humanidad. Y ya hemos hablado de los “cazadores de magia”, de aquellos que no confían en ese poder, o por lo menos nos hacen creer, con datos médicos inapelables lo difícil y arriesgado que es parir, o amamantar para una mujer, lo peligroso que es para la salud mental de un niño que su madre lo críe.
Habrá quien piense que esta loca feminista (por Dios, ¡odio los ‘ismos’!) ponga en contraposición a las magas a todos los hombres del planeta. Y otra vez es NO. Es más: me atrevería a decir que también hay magos, o al menos guardianes, ángeles hombres que apoyan, ayudan a las mujeres a recuperar su magia o a mantenerla. Hace poco he leído la historia de un parto hospitalario horrible, y no quiero decir con esto que todos los partos hospitalarios lo sean, en que la mamá parecía tristemente conforme con lo que había ocurrido porque tenía la sensación de peligro metido en el cuerpo: creía firmemente que los médicos habían salvado su vida y la de su hijo; fue su marido quien le abrió los ojos: “nos han tratado fatal. Estás llorando, al niño le han dado un biberón sin nuestro consentimiento, no te dejan cogerlo…”
No. No son los hombres, en general, los cazadores de magia.
En realidad, no sé muy bien quiénes son los cazadores de magia. Creo que a veces es sólo una persona, a veces un grupo y a veces la sociedad entera, el sistema en el que ahora mismo nos vemos inmersos, ese mismo sistema empeñado en que las mujeres seguimos sin ser capaces de hacer lo que nuestra biología dicta sin la ayuda de otro.
Desde hace tiempo frecuento el foro de una asociación en Internet. Se trata deEPEN (El Parto Es Nuestro). Una asociación de magas que me han descubierto muchas cosas que me han revuelto por dentro y han conseguido que me plantease situaciones que yo creía implanteables. Allí he leído muchas historias que me han hecho llorar unas veces de emoción, otras de indignación y tristeza.
Una de esas mujeres que contaba su parto hospitalario, en un lugar donde había enviado un plan de parto normal en el que especificaba que no quería intervenciones innecesarias y que deseaba que todo transcurriese con la mayor normalidad posible, dejando a su cuerpo los tiempos y formas que necesitase. Avisaron a la familia de que la cosa ya había empezado, pero que preferían que no fuesen al hospital, porque querían intimidad y tranquilidad. Pero la familia de ella (su madre y hermanas, todo mujeres) decidieron que querían estar con ella, y allí aparecieron: el parto se paró. Ella pidió hablar con el obstetra para pedirle oxitocina a chorro y acelerar aquello porque ya no podía más, y Él (sí, con mayúsculas, Él, un hombre) se negó a administrarle medicación innecesaria y le dijo que lo que necesitaba era hacer entender a su familia que no debían estar allí. Les echaron y el parto se reanudó casi inmediatamente, porque lo que necesitaba era intimidad, esa intimidad que buscan todas las hembras que paren, que huyen hasta de la luna en las noches que se ponen de parto (¿cómo no van a huir del resto de la manada?). Parió felizmente, y lo hizo gracias a que un hombre, un ángel protector de la magia, su obstetra, le recordó que las mamíferas paren solas, y que la presencia del resto de la “tribu” estaba interfiriendo en un proceso que necesita intimidad para que continúe.
¿Quiénes eran los cazadores de magia? ¿Quiénes interfirieron en el cuerpo, en la magia de una mujer que está pariendo? En esta ocasión no fueron los hombres: ellos protegieron la magia; en esta historia fue el entorno más inmediato de la madre, que no supo ver, que no quiso entender, la magia de una mamá pariendo.
Otra mujer lloraba pensando que había accedido a una segunda cesárea, ésta programada, a manos del mismo obstetra que le había hecho la primera. Sabía que era innecesaria, injustificada, pero cedió a la presión de toda su familia, de la persona que le había recomendado hacía años a aquel médico en quien no confiaba, y a la de su marido. Todos tenían miedo de que algo saliese mal, de que no fuera capaz de parir; ninguno confiaba en su magia, y ella cedió.
¿Quiénes cazaron su magia? No fueron sólo hombres: fue todo su entorno.
Cuando últimamente nuestros gobernantes nos dicen que están haciendo esfuerzos sobrehumanos para “conciliar” la vida laboral y familiar, y que en lugar de ampliar el permiso de maternidad para que nuestros hijos (los hijos de la sociedad entera, de la tribu) estén mejor atendidos, durante más tiempo, amplían el derecho de los papás a estar en casa. Y no lo veo mal. Las mujeres necesitamos a nuestros compañeros en las primeras semanas; los necesitamos para mucho más de lo que ellos se piensan, y eso es tema de otro capítulo.
Pero creer que ampliar el derecho de paternidad es lo mismo que ampliar el de maternidad, es poner mucho en duda la necesidad de un bebé de la magia de su madre. Porque por muy iguales que seamos ante la ley, que lo somos, pretender que un bebé recién nacido está igual de bien con su madre que con su padre es mucho pretender. Nadie parece querer recordar que los niños nacen con una visión limitada a 20 centímetros, que es la distancia que hay desde sus ojos a los de su madre cuando le está dando de mamar; o que el olor que reconoce es el de su madre, su sabor, sus sonidos, sus latidos: su casa durante 9 meses es insustituible.
Por eso situaciones como las de la ministra que estuvo las 6 semanas preceptivas y luego cedió el testigo a su marido, (fíjate, que moderna, así enseñan a los hombres que hay que colaborar, responsabilizarse al 50 por ciento en las tareas de la casa, incluida la crianza) me parecen de lo más “cazadoras de magia”. Peor aún la de la ministra francesa que, 5 días después de su cesárea ya estaba sobre sus tacones trabajando (una actitud que hizo que muchos empresarios franceses planteasen la reducción del permiso de maternidad, porque “poderse, se puede, está demostrado; ¿para qué quieren las mujeres 4 meses, si ya vemos que no es necesario más que unos días? Y si son 5 para una cesárea, la que dé a luz de manera normal, a trabajar a los dos días”).
Ellas, mujeres que además se vanaglorian de ser feministas, de luchar por nuestros derechos (¿qué derechos?), han acabado con parte de la magia. Han dicho a la sociedad entera que las mujeres podemos abandonar a nuestros hijos con sus padres, que no somos necesarias, que nuestra magia no existe y que si existe tampoco es importante y se puede vivir sin ella.
¿Quiénes son los cazadores de magia aquí? La sociedad entera que acepta esos comportamientos, que aplaude esas medidas. Los gobiernos que nos representan…
Así no es raro que las propias mujeres se lo planteen. ¿Somos realmente necesarias para nuestros hijos? Teniendo biberones cualquiera puede alimentarlos, y la guardería de ahí abajo tiene personal capacitado para cuidar de él casi mejor que yo. Y ya me dijeron en la maternidad que era malo que yo le cogiera, que estaría mejor en la cuna solo, que sería más feliz sin mí.
Y cuando la cuñada, la hermana, la amiga de esa mujer que ya sabe que no es necesaria, que tiene claro que su hijo está mejor sin ella, se empeñe en tomar a su bebé en brazos, en renunciar a su vida laboral, en amamantarlo a demanda, desplegará todos sus argumentos para convencer a la otra de las tonterías que piensa; y más le vale, porque si se le ocurre escuchar a su cuñada, hermana o amiga, con los oídos bien abiertos, es posible que empiece a darse cabezazos y ya no pare. Y esto es algo que digo por experiencia: cuando algo te cambia la neurona, cuando algo te remueve y te hace comprender lo que has hecho con tu hijo; cuando por fin las escamas caen de los ojos y dejas de estar ciega, te puedes pasar días y noches llorando por tu propia estupidez, por haberte dejado convencer; porque te das cuenta de que el más perjudicado ha sido tu hijo.
Y así todas nos convertimos, con el paso del tiempo, en cazadoras de nuestra propia magia. Perdemos nuestro norte y no nos encontramos porque nos alejamos demasiado del camino. Vivimos en Matrix y de ahí es muy difícil salir.
Tenemos que volver a nuestra habitación, solas con nuestros hijos, con otras mujeres, con nuestra magia. Esa habitación que reclamaba la Wolfy que al final nadie le dio.
Nos encontramos en las mismas ágoras con quienes no confían en nuestro poder femenino, con quienes quieren controlar la vida y no pueden; con quienes fracasaron en su intento y ahora quieren creer que es imposible. Todos juntos exponiendo argumentos que ya no tienen que ver con nosotras, con nuestro yo más animal y salvaje, con la parte de nosotras que no pertenece a ese mundo racional en el que la tribu entera se empeña en mantenernos.
Sin esa habitación en la que reine lo femenino, la magia, lo visceral. Sin ese lugar que sea sólo nuestro, los árboles seguirán sin dejar que veamos el bosque; seguiremos perdidas, y nuestros hijos se irán alejando cada vez más de nosotras; se criarán con una llave en una mano y el stick de una consola en la otra. Y cuando lleguen a la adolescencia serán unos extraños para nosotras. Y se convertirán en cazadores de magia, si es que aún queda magia que cazar.
Porque el hecho de que la magia desaparezca no es sólo malo para nosotras. No se trata sólo de que olvidemos lo que somos, nuestro poder y nuestra capacidad femenina de crear. Se trata de que los hijos se pierden, se vuelven tiranos, sordos a nuestros consejos porque no nos conocen, porque cualquiera pudo alimentarlos, porque les calentó una cuna térmica y les consoló un chupete. Porque les educó otro, porque no nos han visto, porque sólo saben que si lloran no les cogemos, si sufren no les consolamos.
La pérdida de la magia es la pérdida de la sociedad entera, y sus cazadores perpetúan un modelo que premia sólo el consumo como modo de consuelo, el éxito como forma de aceptación.
Pero nuestro momento está llegando. Cada vez hay más mujeres empeñadas en recuperar la magia de las mamás. Las llaman locas, fanáticas, irresponsables, visionarias… Pero cada vez son más, y la magia volverá.
O eso espero.
*(Si queréis ver cómo va quedando, con las correcciones que voy introduciendo gracias a vuestras ideas, está en la página de La Teta, en la sección de "Criar con apego")
Desde siempre, desde la noche de los tiempos, ha existido la magia de las mamás. Sólo hace falta recordarnos a nosotros mismos, de niños; cuando nuestras expediciones terminaban en herida, ella siempre estaba ahí, con el “Sanita, sana…” que hacía más que la Mercromina. También estaba cuando algo salía mal, para dar un abrazo; o cuando venía el disgusto, y nos daba un beso.
Y es sólo eso: un conjuro, un beso, un abrazo; un contacto que lo cura todo. La magia de las mamás.
Y esto ahora que lo recordamos, cuando hace generaciones que los “cazadores de magia” decidieron acabar con ellas, y sólo quedan estos vestigios, pocos, de toda la magia de las mujeres que se convierten en madres.
La evolución, las conquistas sociales, la lucha por la igualdad, ha ido terminando con esa magia; todo el maremágnum en el que se ha convertido la vida diaria de las personas, de las mujeres que queremos realizarnos, ser madres, esposas y personas de éxito en el mundo laboral; la llegada de las “superwomen” ha acabado con la esencia, con la sabiduría y la capacidad femenina para terminar con los problemas, para ver hasta con el cogote y saber, con una sola mirada, si las cosas van bien o mal. Y el caso es que la sociedad entera alaba a las superwomen y denosta a las magas.
Y cuando las elogian o las admiran, lo hacen por las razones equivocadas. Hace poco una mamá amiga, de esas “superwomen”, me dijo que yo era una súper mamá.
Lo curioso es que no me lo dijo por ninguno de los motivos por los que yo veo súper mamás.
No me lo dijo por criar a dos niñas de alta demanda con toda la paciencia de la que soy capaz para no perder los nervios cada dos por tres.
Tampoco me lo dijo por intentar inventarme un trabajo que me permita estar con ellas.
Ni por hacer malabares con un sueldo de risa para que no les falte de nada ni se enteren de los malabares.
No me lo dijo por estar sin dormir cuando se juntan las dos una de "esas" noches. Ni por comer la última y de pie porque no son capaces de estarse quietecitas ni cinco minutos. Ni siquiera por lo loca que se me pone la cabeza de las veces que tengo que oír "mamá ven" a lo largo del día. O por tener a la mayor con una pierna en cabestrillo durante tres semanas enseñándola yo en casa para que no pierda clase, y preparándola una fiesta de Carnaval con toda la chiquillería para que no se deprima.
Me dijo que soy una súper mamá, porque a la peque la llevo siempre encima, en los portabebés, y porque, con más de dos años le sigo dando teta.
Ya ves, por las cosas que me hacen la vida más fácil, es por lo que los demás me ven como una súper mamá.
Pero esto no viene de ahora.
Hace siglos que se nos convenció de la malignidad del parto, de la necesidad de medicalizarlo, de las bondades del no sentir frente al sentir; y con eso empezó el final de la magia.
Sólo han hecho falta un par de generaciones para terminar con toda la sabiduría que a lo largo de la historia de la humanidad (que es la historia de las madres y los hijos) las mujeres han ido recopilando para la supervivencia y mejora de la especie. En aras de un mejor nivel de vida, de una igualdad que parece que nunca alcanzamos, porque, no nos engañemos, siempre vamos un paso por detrás de los hombres, por mucho que intentemos correr; con la excusa de la racionalización de la vida, de la injerencia de expertos en todas las facetas de la existencia humana, hasta en los aspectos más íntimos, se ha ido terminando con la visceralidad, con el contacto físico, con lo más animal e instintivo de nuestras vidas.
Parece que nos fastidia aquello de “ser dominadas por las hormonas”, y debemos hacer lo contrario a lo que nuestra naturaleza dicta, y así nos va.
Y habrá quien diga que esta postura es retrógrada, que con todo lo que hemos conseguido las mujeres, lo que falta es que venga una y diga que donde deberíamos estar es en casa con los niños. Y no.
Deberíamos retomar la evolución social que se inició hace dos siglos, porque lo que está claro es que tal y como estamos ahora poco hemos mejorado.
De lo que nos deberíamos haber dado cuenta cuando todo empezó es, precisamente, de la magia, el poder de las madres.
Y es que, hace 200 años, las encargadas de la educación de los niños eran las madres; las mujeres éramos quienes estábamos en casa, cuidando de los niños que estaban en la teta durante años y confiaban en ellas. Y en lugar de aprovechar la situación, la sociedad nos dice que lo que debemos hacer es abandonar la casa, trabajar al mismo nivel de los hombres, competir con ellos en eficiencia, pero cobrando menos, claro, que para todos no hay. Y para que no notemos esa llamada hormonal que nos dice que a los hijos no se les deja solos, ya nos ponen a parir (con perdón) en un entorno estéril, libre de emociones; y nos dicen que donde mejor están nuestros hijos recién nacidos es en una cuna de calor, lejos de nosotras; y nos convencen de que, además, han nacido para fastidiarnos; y nos dan claros datos médicos y psicológicos que demuestran que los niños deben aprender a vivir solos desde que nacen para ser más felices cuando sean adultos.
De esta manera, cuando apenas unas semanas más tarde nos vayamos a nuestro trabajo en el que tenemos que demostrar lo mucho que valemos y que somos mejores que los hombres, echando más horas por menos dinero, no nos sentiremos culpables y sentiremos mucho menos el vacío que deja un bebé en el alma de una madre.
Y entonces, cuando ese bebé ya tiene edad de ir al parque y se lastima, ya no recordamos el conjuro, le damos Trombocid. Y cuando nuestros hijos sufran una decepción, o tengan un disgusto, o les acosen en el cole, o sean ellos los acosadores, se consolarán solos, porque nuestro pecho, nuestras manos y nuestras voces ya no hacen mella en ellos. Y desaparecerán los ojos de nuestros cogotes. Y luego nos quejamos; y nos preguntamos qué pasa con nuestros niños. Todo esto es lo que reivindico en estas páginas, todavía no sé si pocas o muchas.
Reivindico el derecho de las mujeres a volver al principio para hacerlo bien; su derecho a recuperar su magia, porque sin magia no se puede vivir y las sociedades se destruyen; su derecho a recuperar su vida para darse cuenta del poder de las madres, del poder sobrehumano de las mujeres: dar la vida y mantenerla.
Puse este enlace en unos de los foros, pero es que no me resisto. Cuando acaba de finalizar la Semana Internacional de la Crianza en Brazos y está a punto de comenzar la Semana Mundial de la Lactancia Materna, Laura une las dos cosas en unas instrucciones, dignas de la mejor instructora de porteo, sobre cómo colocarse un mei tai.
Hace unos días, nuestro querido Fernando me envió un artículo muy interesante a ver qué opinaba yo del tema. Se trata de un artículo publicado en Consumer.es, y que está lleno de perlas. Vamos a ello.
"La leche materna es el alimento perfecto para el crecimiento del nuevo ser y para una mejor recuperación de la madre Es un producto sostenible, no necesita envase, no contamina el medio ambiente, se sirve a la temperatura idónea y supone un importante ahorro económico. Este milagro se llama leche materna. Ningún otro alimento consigue reunir todas las proteínas, minerales, ácidos grasos y oligosacáridos necesarios para el organismo a coste cero, en perfecto estado de conservación y siempre a punto para su consumo, ya sea mañana, tarde o noche. Por eso, más del 80% de las madres opta por amamantar a su bebé después de dar a luz. "
Hasta aquí, todo muy bien. Creo que de acuerdo estamos todos en los beneficios de la lactancia materna, a todos los niveles. Es más: aquí se describen los beneficios más materiales, tanto a nivel económico como físico. Yo destacaría también los beneficios emocionales de esta forma de alimentación: se trata también de una forma de crianza que facilita la conexión entre la mamá y el bebé. La oxitocina, la hormona del amor materno, invade el cuerpo de la madre haciendo que necesite proteger a su cría; a su vez, el bebé recién nacido sólo es capaz de ver con claridad a unos 20 centímetros, es decir, a la distancia en la que está la cara de su madre cuando está mamando.
"(...)
Las madres que deciden amamantar a sus bebés se preguntan a menudo por el tipo de alimentación que deben seguir, si la producción de su leche es suficiente y si ésta es nutritiva. Ante estos interrogantes, el mensaje de la OMS es claro: se debe optar por la lactancia materna exclusiva durante los seis primeros meses de vida como el tipo alimento que proporciona la nutrición más conveniente para el crecimiento y desarrollo del bebé. La dieta de la madre influye en la composición de la leche, por lo que en esta etapa de la vida es fundamental el cuidado de su dieta, en especial, del tipo de grasas que ingiere, ya que éstas se trasladan a la leche materna. Por ello es conveniente tomar alimentos ricos en grasas insaturadas y ácidos grasos esenciales, como aceite de oliva virgen extra, frutos secos y pescado azul, así como evitar el consumo de grasas trans o parcialmente hidrogenadas, reconocidas por sus efectos dañinos sobre la salud del corazón y las arterias. "
Esto es, sencillamente, mentira. No es cierto que la alimentación de la madre influya en la composición de la leche. De hecho, las madres de los países con hambrunas importantes, amamantan a sus bebés. Puede ser que, efectivamente, su producción de leche sea menor, o que tenga menos cantidad de grasa, pero los niños corrigen eso mamando más. Es más. Unicef y OMS recomiendan no facilitar leches artificiales en las zonas con hambrunas o donde haya ocurrido algún desastre natural, porque la garantía de la supervivencia de los niños está en que su madre siga amamantándolo, a pesar de que la madre no coma o coma lo mínimo imprescindible para su propia supervivencia.
"Respecto a los alimentos que influyen en el sabor de la leche o que causan molestias al bebé hay más de mito que de evidencia. Los alimentos flatulentos como las legumbres no causan necesariamente molestias al bebé, dado que los gases se producen con la digestión de esos alimentos en el intestino materno y no alcanzan su leche. Otros, con sabores pronunciados, como espárragos, cebollas y ajos sólo dan su sabor a la leche si se abusa de ellos, por lo que también podrían consumirse con moderación. "
Esto tampoco es cierto. Puede ser que el sabor de la leche varíe. Pero también lo hacía el líquido amniótico durante el embarazo, y el feto traga y, por lo tanto, saborea ese líquido, aunque la madre haya comido 3 kilos de espárragos. A mi modo de ver, es positivo que el niño se acostumbre a los sabores a través de algo tan suyo como es la leche materna. De hecho, los bebés criados al pecho (y no hablo de los que reciben pecho un par de meses, sino los criados, de verdad al pecho) suelen aceptar mejor los sabores nuevos, y aun los niños que tardan más en aceptar los sólidos, terminan comiendo mejor que los niños de biberón, que nunca han experimentado sabores nuevos hasta que comienzan con los cereales. Cuando una de las razones que se dan para desechar la lactancia materna a favor del biberón es la supuesta “comodidad” de este último, lo que falta es que a las nuevas mamás se les insista con semejante tontería. El panorama que se plantea la inmensa mayoría de las veces es el siguiente: voy a estar “esclavizada” y nadie me va a poder ayudar, tendré grietas y ya me han dicho que dar el pecho, duele. Si además no voy a poder comer ni la pizza que me gusta los domingos, ni voy a poder echar espárragos en la ensalada, y tampoco voy a poder hacer dieta para perder estos kilos horribles, regalo del embarazo, mejor ni me molesto. Doy un bibi y así podré comer lo que me dé la gana, hacer dieta y seguro que mi suegra estará encantada de dar de comer al bebé. La realidad es que puedes comer lo que te dé la gana; la dieta saludable es mejor para cualquiera, independientemente de si amamanta o no; y es mucho más cómodo que ningún aditamento de los que nos venden.
"Las características de la leche materna pueden variar de una mujer a otra, aunque son muchas las particularidades nutritivas que la hacen única: (...)"
Otra más. Sería como admitir aquello de que hay mujeres “con buena leche” y mujeres con leche aguada, por ejemplo. De hecho, es posible saber cuáles son los componentes de la leche materna sin necesidad de analizar todas las leches maternas, porque todas las leches se parecen. Varían las necesidades de los niños, incluso en las diferentes tomas, y la naturaleza es tan sabia que es capaz de variar la composición en función de esas necesidades que el bebé o el niño, marca. Pero insisto: no depende de la mamá ni de nada que ella haga salvo respetar la demanda de su hijo.
"El contenido en grasas varía de una mujer a otra, y de una toma a otra, aunque es mayor la concentración al final de la mañana y al inicio de la tarde."
Vuelve a insistir en ello, así que yo vuelvo a insistir: no es cierto que el contenido en grasas varíe de una mujer a otra, salvo si comparamos una mujer correctamente nutrida con otra que presente síntomas de inanición. Asegurar eso es dar la razón a la suegra cuando dice que “tu leche no será buena, es mejor que le des un biberón”, motivo de muchos destetes no deseados. No sé lo que opinaréis al respecto, pero a mi me parece que lo peor ya no son sólo los mitos que oímos a todas horas y contra los que tenemos que luchar; es que esos mitos, además, aparezcan publicados con una apariencia de veracidad que lo único que hacen es intentar convencer de cosas que no son ciertas. Y no es lo peor que he leído. Ya estoy preparando uno sobre un reportaje que no tiene desperdicio sobre los “beneficios del biberón”. Pero eso será otro día.
Hablamos muchas veces de la importancia de que el niño mantenga una postura correcta de su espalda y, sobre todo, de su cadera. Y es que la maduración de esta articulación ese fundamental en su desarrollo, hasta el punto de que los niños que nacen con un problema en la cadera pueden sufrir graves trastornos si no son diagnosticados a tiempo o son tratados erróneamente. Uno de los problemas más frecuentes es la displasia de cadera, antes llamada luxación congénita de la cadera, y actualmente displasia evolutiva o del desarrollo de la cadera.
Es un desarrollo anormal de la articulación que hay entre el hueso del muslo (fémur) y la cadera, que provoca un desplazamiento hacia fuera del fémur, que cuando llega a salirse totalmente se denomina luxación; se produce antes del nacimiento, durante el parto o incluso poco después de éste. El índice de incidencia se sitúa en el 3 por mil, y curiosamente, afecta con más frecuencia a las niñas, que lo sufren en el 80% de los casos, y a la cadera izquierda con más frecuencia que a la derecha.
En cuanto a las causas, se desconocen, aunque se piensa que pueden provocarla malas posturas del feto en el útero, la herencia familiar, el efecto de algunas hormonas maternas,... Sí que se tiene constancia de que hay algunas circunstancias que aumentan las posibilidades de padecerla, como antecedentes, hipertensión materna durante el embarazo, escasez de líquido amniótico, embarazo prolongado o múltiple, cesárea, presentación de nalgas,...
Respecto a los síntomas, no suelen aparecer hasta que el niño comienza a caminar, por lo que es importantísimo su diagnóstico precoz desde el nacimiento por medio de exploraciones, ya que más adelante, puede producir un retraso en la edad a la que el niño empieza a andar, con una cojera o “marcha de pato”, pudiendo producir dolor a partir de los cinco años. Al ser tan importante el diagnóstico precoz, el seguimiento comienza desde el primer reconocimiento que se realiza a los recién nacidos en la sala de partos, y en las sucesivas visitas de control de niño sano, momentos en que el pediatra explorará atentamente la forma y movilidad de las caderas del niño para detectar algún indicio de inestabilidad o desplazamiento. En ese caso, se realizará ecografía de las caderas, si el niño tiene menos de 3 ó 4 meses de edad, o una radiografía si el niño es mayor, para observar con detalle la articulación, enviando luego al niño al traumatólogo si fuese necesario. En cuanto al tratamiento, depende de la gravedad del desplazamiento y de la edad a la que se diagnostique: cuanto antes se detecte, antes comenzará el tratamiento y mejor será el resultado.
En definitiva, de lo que se trata es de recolocar el fémur correctamente en la cadera y mantenerlo así. Hasta los 6 meses, esto se consigue mediante la colocación al niño de un arnés o sistema de correas que debe llevar colocado por encima de sus ropas constantemente, durante varias semanas o meses, hasta que se compruebe la estabilidad de la cadera, tratamiento efectivo en el 90% de los casos.
Pero si la displasia se diagnostica cuando el niño ya ha comenzado a gatear, o el uso del arnés no ha resultado efectivo, el tratamiento puede llegar a ser más complejo o molesto, dependiendo del grado de la displasia, llegando a requerir la tracción continua de muslo durante varias semanas con un complicado sistema de poleas, seguida de una operación quirúrgica consistente en reducir o recolocar la articulación; posteriormente, para estabilizarla, se enyesa la cadera durante varios meses, a pesar de lo cual, pueden quedar secuelas como cojera, acortamiento de un muslo, etc
Portabebés En casos leves de displasia (cuando, por ejemplo, la recomendación es el doble pañal) sí que se ha demostrado efectivo el uso de portabebés adecuados, que ayudan al bebé a mantener una postura correcta, que garantice que la cabeza del fémur se encuentra totalmente dentro del acetábulo de la cadera; para ello, las piernas deben estar abiertas haciendo entre ambas un ángulo de 90 º, y la rodilla debería estar flexionada hacia arriba, haciendo un ángulo de más o menos 45º con el cuerpo, ya que cuando las piernas están estiradas con los pies paralelos (posición anatómica), la cabeza del fémur no queda totalmente cubierta por el cotilo, su parte delantera permanece al descubierto; esta es la posición que el niño adquiere en algunos portabebés no adecuados, en los que las piernas del bebé "cuelgan" de su cuerpo.
La posición en la que las superficies articulares tienen un máximo de contacto, es la descrita anteriormente: la combinación de flexión, abducción y rotación externa, posición que se toma espontáneamente para lograr el reposo de la articulación; y precisamente esa es la posición que adopta el bebé en los portabebés correctos (fular, mei-tai, bandolera, pouch, mochila ergonómica…) De hecho, las mujeres de todas las culturas del mundo han cargado a sus bebés en esta postura de forma natural, sin saber de anatomía, de fisiología del bebé ni de abducción de la cadera…simplemente observando cómo su bebé iba cómodo y tranquilo cerca a su cuerpo y se desarrollaba sano…
Cuando la displasia es más grave o se diagnostica más tarde, si el especialista lo estima oportuno, entonces hay que colocar al niño un arnés o una férula. En este caso, el uso del fular es muy positivo, ya que generalmente con estos aparatos se hace difícil sentarse en la silla, y las miradas pueden ser crueles. Al garantizar la misma postura que les obliga a mantener el arnés o férula, el niño va más cómodo y mucho más discreto, ya que los arneses se ven mucho menos.
Además, el hecho de llevar a nuestro hijo bien cerca de nosotros reporta al niño, y también a los padres, una serie de beneficios emocionales que, cuando hay que sobrellevar un problema así, son todavía más importantes. En primer lugar, el bebé, el niño, está preparado instintivamente, para ser llevado, y no para ser dejado solo. Cuando además, el niño está incómodo por la necesidad de llevar un aparato en su cuerpo, esa necesidad se agudiza, porque se sienten inseguros.
Además, en un momento en que sus movimientos (no olvidemos que, aun pequeños, los bebés se mueven) están limitados, el contacto sobre la piel y el balanceo son estímulos básicos.
Por otra parte, al no estar solo, corre menos riesgo de sufrir un accidente.
Los bebés portados, por otro lado, suelen estar más contentos y lloran menos, por lo que su cuidado es más sencillo.
Por último, en un momento en que muchos padres se sienten mal, porque la mayoría de las veces sienten que la culpa es suya (por mucho que los demás insistamos en que no lo es), el hecho de poder llevar al niño, verle contento y feliz y notal cómo está más cómodo, también hace mucho a favor de su autoestima.
En definitiva, el uso de portabebés es adecuado, no sólo en la vida diaria, sino cuando existe un problema como la displasia de cadera.
Muchas mamás preguntan: "¿Por qué las leches artificiales ponen tantos anuncios y no hay spots de promoción de la lactancia materna?" Pues bien, la cuestión es, como no, el dinero.
Este inconveniente es soslayado en la mayoría de los países con la colaboración de los distintos gobiernos a través de sus ministerios correspondientes o gerencias de salud, salvo en España. Aquí se conforman con unos diítas más para el papá, o con decir que ahora podemos pactar juntar los permisos de lactancia (da sólo para 15 días más de permiso), ... Tonterías, pero poner un duro, no, que estamos en crisis.
Ojo, que no estoy hablando aquí de quien está ahora en el gobierno o quien estuvo en el pasado, da igual unos que otros. Para esto no hay dinero nunca, aunque está demostrado que una lactancia prolongada disminuye el gasto social. Bueno, que me lío.
El caso es que varias asociaciones pro lactancia se han unido para hacer un anuncio que ha quedado estupendo por cierto.
Pero para lo que no ha dado el presupuesto (ese que tienen las grandes farmacéuticas) es para pagar una campaña por radio y televisión.
Así que aquí está el anuncio. Si quien lo ve tiene a su vez un blog o una web, se ruega lo cuelgue, para que vaya aumentando la difusión.
Ya hablamos hace unos días de los problemas de la lactancia relacionados con la inflamación.
Vamos a ver si hoy hablamos de los que provocan una lactancia dolorosa.
Grietas
Las grietas son unas heridas que aparecen en el pezón debido, en la mayoría de las ocasiones, a unamala postura del bebé al mamar. Cuando el niño toma sólo el pezón y no la areola, "tira" hacia fuera del pezón y produce las grietas. Normalmente el dolor que producen es más intenso al principio de la tetada y va mejorando a medida que ésta avanza.
Lo único que se ha demostrado eficaz para que las grietas desaparezcan es una correcta postura durante la mamada; una vez que ésta se consigue, las grietas van desapareciendo por sí solas. Ninguna pomada se ha demostrado realmente eficaz en su tratamiento, aunque el uso de lanolina parece que calma a muchas mamás y muchas otras, la mayoría, refieren una gran mejoría al dejar un poco de la propia leche secar al aire sobre el pezón afectado.
Frenillo lingual corto
Se trata de una anomalía genética muy rara que sí que puede producir grietas y dolor en los pezones al amamantar, ya que el niño no es capaz de colocar la lengua correctamente sobre su encía. En cualquier caso, en la mayoría de las ocasiones el problema se soluciona buscando la mejor posición para el bebé.
En muy raras ocasiones, el frenillo es demasiado corto, y entonces el pediatra puede aconsejar cortarlo; se trata de una operación muy sencilla que apenas produce sangrado ni dolor al niño y que puede solucionar muchos problemas.
Candidiasis
La infección por cándidas puede ser superficial, en cuyo caso las molestias son las típicas y además, es bastante fácil de diagnosticar por el aspecto. El problema es cuando la infección se localiza en los conductos lácteos.
Entonces el principal síntoma es el dolor intenso, que se presenta justo al revés que en el caso de las grietas: el comienzo de la tetada es indoloro, pero a medida que ésta transcurre el dolor se va intensificando, como si se clavaran agujas.
En este caso, la diagnosis se basa sólo en el dolor y en la presencia de la cándida en la boca del niño.
El tratamiento consiste en un fungicida tópico, mejor si es el mismo que se prescribe al bebé para la boca, de forma que evitemos en lo posible tener que lavarnos los pezones.
Infección estafilocócica del pezón
En muy raras ocasiones, cuando las grietas del pezón no se solucionan con los métodos habituales, conviene hacer un exudado para descartar una infección estafilocócica. El tratamiento consiste en antibióticos orales, ya que los tópicos no han demostrado ser eficaces.
Fenómeno de Raynaud
Se trata de una isquemia intermitente de las partes acras, habitualmente dedos de manos y pies. Es mucho más frecuente en el sexo femenino, y adecta hasta a un 22 % de las mujeres de entre 21 y 50 años.
Cuando afecta al pezón, los síntomas suelen presentarse durante la toma o entre tomas y aumentan con el frío. El pezón cambia de color primero a blanco y luego a azul y a veces, después a rojo, acompañado de un dolor intenso y frecuentemente de ampollas, frietas o úlceras. Los tratamientos prolongados a base de hipotensores suelen dar buenos resultados.
Ampolla blanca de leche
También se llama "punto blanco en el pezón" y eso es lo que es, un punto blanco y brillante, del tamaño de la cabeza de un alfiler que cursa con un dolor intensísimo durante la toma y a veces parece hincharse.
El tratamiento consiste en pincharla justo después de una toma, que es cuando está más grande, y luego hacer un ligero masaje, que puede hacer que salga una sustancia espesa.
Eccema de pezón.
Es una lesión de la piel con enrojecimiento, descamación, engrosamiento, a veces vesículas y lesiones de rascado.
Hay varias posibilidades: puede ser que la mamá sea propensa, en cuyo caso es probable que haya tenido eccemas en otros lugares del cuerpo. Pero también puede ser debido al contacto con la fibra del sujetador, el jabón, suavizante o por alguna pomada.
Se trata con compresas húmedas y una pomada suave de corticoides, que no es preciso retirar para dar el pecho.
Sangre en la leche
La mayoría de las veces la causa es una grieta sangrante, aunque para quedarnos más tranquilos a veces es mejor hacer una prueba para descartar que la sangre sea del bebé.
De todas formas, hay veces en que, en los primeros días de lactancia o incluso en los últimos días del embarazo, se vea algo de leche sanguinolenta sin presencia de grietas. Es el llamado "síndrome de las tuberías oxidadas" y es benigno. El niño puede seguir mamando y el sangrado suele ceder en unos pocos días.
Pero si persiste más lla de una semana, hay que ir al médico para que descarte otras causas menos benignas.